Once meses

Once meses

2019 08 01

Un agosto atípico empieza con una neblina espesa que hace presagiar un delerium tremens poco apto para corazones debilitados por alucinógenos ilegales. Tan cerca del paraíso, tan accesible todo lo que puede hacer grato despertarse lejos del serrucho constante que dinamita la cuenta corriente a principios de mes, que debo hacer un ejercicio constante de borrachera mala.

El domingo fue un ejercicio barato de demencia. Toca ejercitarse todo el verano. Olvidar el menor atisbo de sensatez y beber hasta que el cable se cruce y con mi capacidad heredada de inconsciencia, defenestrar todo lo que me rodea y andar dando tumbos por la madeja con la que nos dejan jugar.

Esta vez cojo. Esta vez con la hiriente verdad por delante. Sin correr un kilómetro de más, sin saltar a por un rebote, sin hacer un regate que tumbe al oponente. En fin, sin la posibilidad de olvidarme de la madeja que nos corroe y nos paga las facturas.

Cruel destino el del cojo.

Pero así se llevan los excesos del invierno, todos anclados en un talón de aquiles que cada día me recuerda que los locos no tenemos hueco en este mundo de cuerdos feministas que tienden la ropa de sus hijos pensando en como abaratar costes sin dejar un mundo de mierda a sus progenitores.

¡Va a ser difícil sin gobierno! Los presupuestos no se aprobarán y los delicados y débiles cuerpos que cuidáis con vegetales no aguantarán los excesos maquillados de una sociedad que, a lo mejor; está demente (olvidadiza), atontada en la madeja de la que no os podéis separar, ni siquiera en meses calurosos y volveréis más atontados aún a este bola incendiada con la cara bronceada y con la esperanza inútil de que once meses duren menos de lo pactado con un jugador que siempre gana.

Yo trataré de curarme la cojera para cuando otros se aferren a los giros de vendetta de la madeja, tenga el cuerpo preparado para, de un salto; superar su egocentrismo y anclarme en la locura más demente escrita en la historia de la humanidad.

No es una excusa a mi mala borrachera de un domingo de vermú en el paraíso, eso es inexcusable. Es un recordatorio, de que soy un tipo tremendamente racional y todos los demás cojeáis once (doce) meses al año sin siquiera tener la necesidad de curaros. Yo no he dejado de ser nunca, tremendamente humano e, ignorante de mí, aunque la madeja sea cada vez más grande y yo cada vez más débil, procuraré hacer borrón y cuenta nueva cada vez que me vea arrastrado por esa madeja implacable y mortífera que hace los días que no saltamos en los charcos, tremendamente largos e insustanciales.

Perdonad por lo del otro día, cada día veo más lejos la liberación del ser humano, por eso mirar el caos interestelar me recupera (una vez al año), aunque la vuelta a una Tierra, cada vez más desgastada; me haga tiritar de miedo por el siguiente salto que tenga que dar. Quizás esté más cerca el último de lo esperado (mi cojera persiste y no tiene buena solución).

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